Una sinfonía inacabada, un reflejo del propio sufrimiento, del interior de las personas, de su lucha por la supervivencia como instinto más ancestral e innato. Son ingredientes básicos de esta maravillosa novela que Némirovsky no pudo finalizar al ser asesinada en el campo de concentración de Auschwitz con su estrella amarilla colgada en la solapa. La joven autora, muerta a los 39 años por la sinrazón y el odio, tuvo tiempo de describir sin embargo la Francia ocupada, el éxodo de los parisinos en los prolegómenos de una invasión alemana, anunciada y conocida, pero no asumida casi hasta el final por los miles de “peregrinos” que se pusieron en marcha, en muchas ocasiones sin saber hacia dónde, y que llenaron los caminos de dolor, de impotencia.

Dice Irène Némirovsky que “una novela tiene que parecerse a una calle llena de desconocidos por la que pasan no más de dos o tres personajes a los que se conoce a fondo” y es así como estructura “suite francesa”. No obstante, posee la capacidad de con muy escasos actores, hacer un dibujo perfecto de los tipos sociales de la época: los ricos y de elevada posición, el joven cura hijo de esa familia, los huérfanos de un colegio, el escritor bohemio y su amante preferida, el avaro coleccionista de arte que únicamente piensa en él, el matrimonio de trabajadores asalariados al límite de la existencia con su hijo en el frente, los ricos terratenientes del campo o los labriegos que impertérritos soportan la invasión de sus tierras y la requisa de sus escasos víveres.

Llaman la atención algunas de sus reflexiones en boca de los personajes: “el mundo está regido por leyes que no se han hecho ni para nosotros, ni contra nosotros”, en el convencimiento de que todo es aleatorio y está al albur de los caprichos del destino. También los hombres y mujeres que pueblan el libro muestran que sentimientos como la piedad, el amor, la solidaridad y el compañerismo son parte de la condición humana, independientemente del bando en que se encuentren situados por la historia y las circunstancias, aunque también las páginas hacen sitio a la crueldad, la avaricia y la maldad, pero siempre desde una posición costumbrista, diaria, y no de justicia universal.

Las hijas de Némirovsky salvaron en su huída de los nazis el manuscrito de esta novela que ahora podemos leer, meditando y aprendiendo en la distancia con los acontecimientos que se narran.

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